sábado, 2 de noviembre de 2013

El Ángel de la Muerte


El Ángel de la Muerte (detalle)
Émile Jean-Horace Vernet (1851)

Sin pautas ni rutinas, sus costumbres, regidas por algún sistemático e inconcebible desorden, consiguieron fascinarme de tal forma que acabaron hundiéndome en el mismo abismo en el que él ya estaba inmerso. Completamente desorientado, los primeros días fueron los más duros. Ya desde entonces acabé envuelto en una espiral de sucesos sin orden y lógica aparente, por primera vez me sentí navegando sin rumbo y preso de un extraño pánico, un miedo que por poco me obliga a abandonar mi único sino, el suyo. Fue la curiosidad hacia ese extraño ser lo que me impidió volver atrás y abandonar lo iniciado, el terror me ayudó a seguir.

El encargo era simple y directo, sólo unas fotos y mucho dinero. Esta vez no habían plazos de tiempo, ni contactos, ni extrañas entrevistas con intermediarios. Esta vez sobraban las palabras, sólo se requerían los hechos. Las fotografías parecían ser de la misma persona, un hombre de una edad entre los 35 y los 55 años, de complexión fuerte y muy alto, de rostro muy delgado y algo ojeroso. Tras una de ellas habían anotado a mano su nombre y una dirección.

Aunque con poco material de inicio, pude estar varias horas observando esos rostros, estudiando y analizando su personalidad, o lo poco que veía de ella. Fue entonces cuando supe que me enfrentaba a un ser especial, a un hombre que acabaría con mi vida. Entonces me convertí en su sombra, la sombra de un ser que cada día era otro distinto, de un ser que iba absorbiendo mi vida poco a poco.

No sé cómo llegué a sucumbir ante él, quizás fue en mi primer descuido, o desde el momento en que lo vi en aquellas borrosas fotos. El día que escogí fue también el mismo que escogió él, éramos un mismo ser, un solo ser con un mismo fin para los dos. Sólo por eso ya valió la pena. No recuerdo cuándo sucedió, sólo supe que ese era el momento. Era de noche y llovía. Empapados caminamos hacia las afueras de la ciudad. Antes de desaparecer se dio la vuelta y me miró fijamente a los ojos. Entonces lo entendí todo. Desapareció en la oscuridad de aquel grandioso puente. Yo le seguí minutos después.




lunes, 14 de octubre de 2013

Confidencias

El Beso (Rodin)

"Te noto ausente", susurra mientras me rodea con sus brazos y junta su ardiente cuerpo con el mío abrazando mi espalda, me estremezco de placer, soy feliz.
"He dejado de ser yo", sus largos dedos acarician suavemente mi rostro, mi cuello y mi pecho, es cierto, últimamente me comporto como un extraño.
"¿Por qué?", no puedo contestar, el suave y cálido compás de su respiración me tiene hipnotizado, no consigo encontrar las palabras que lleguen a definir mi estado de ánimo.
"Háblame, dime...", su pie acaricia mi pierna, mi tobillo, mi excitación me impide hablar, el momento me enmudece cada vez más, tanto que casi me impide respirar, tanto que consigue hacerme llorar. "Estoy bien, no te preocupes", apenas oigo mi voz, surge de lo más profundo de mi garganta.
"Tranquilo", me besa la mejilla, bebe mis lágrimas, besa mis labios.
"Me siento solo", las palabras han salido sin querer de lo más profundo de mí, de lo mas recóndito de mi interior.
"Me tienes a mí", ella sabe que la soledad vive siempre con nosotros, sabe que no puedo dejar de separar su cuerpo del mío, que su alma vive dentro de la mía.
"He visto el vacío", es difícil explicarlo, es como un inmenso valle nevado donde el cielo también es blanco, donde no hay sombras, ni oscuridad, la nada, mires por donde mires.
"Todos lo hemos visto alguna vez", me miente mientras se sienta sobre mi y nos unimos en un solo ser, muy suavemente volamos lejos, dejamos de vivir, de preocuparnos, renacemos por un momento hasta volver de nuevo a la realidad.
"No me dejes", implora a la vuelta, teme que huya, que deje de ser yo y me convierta en quien ya soy.
"No lo haré", pero no me ha oído, ahora duerme agotada, bañada en sudor, tapo nuestros cuerpos con la sábana, así me encuentro más seguro.
"Ahora soy otro", murmuro antes de dormir, antes de entrar en ese submundo no tan distinto al real, antes de volver de nuevo a ese difícil camino sin retorno de la vida.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Adiós

Esperando la caída del día observé su cabizbaja figura caminando lentamente hacia mi. Mi corazón latía con mucha fuerza, aunque el mar y sus olas me lo ocultaban, y la brisa, y la lluvia.

Al llegar se sentó junto a mi. Su cuerpo rozaba el mío, su perfume embriagaba mis sentidos, su pelo, mecido por el viento, acarició suavemente mi cara. Busqué sus ojos en vano, pero seguía estando solo, sentado junto a nadie y, más allá, el vasto horizonte, allá lejos. 

Aquel día hablamos sin palabras, rozamos nuestras manos, sin mirarnos, llorando, distantes. El amor invadió débilmente nuestra vida con un vacío de ternura, de compresión y miedo. Así, durante un eterno instante. 

Y se fue para siempre. Se alejó despacio mirando al suelo, sin volver la vista atrás, hasta que desapareció a lo lejos. Luego, poco a poco la luz del día se fue apagando hasta anochecer. Aún hoy, desde la oscuridad, sigo esperando la llegada del alba.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Leo porque existo. (La curiosidad)


Daguerrotipo de Edgar Allan Poe
(1848) tomado por W.S. Hartshorn
Y existo porque leo. La lectura, al igual que la música, ha llegado a ser para mi una necesidad diaria vital tal como lo es comer o dormir. Gracias a ella he conseguido que mi mente y mi ánimo mantengan siempre un equilibrio emocional, incluso en los peores momentos. Pero también es cierto que existe mucha gente que no termina de entender ni compartir ese hábito intelectual tan gratificante para mí, por lo que ante la pregunta de cómo he llegado a "padecer" esa necesidad casi obsesiva, mi respuesta siempre es la misma: "Por curiosidad. A ella se lo debo todo".

Sí, fue la curiosidad la que despertó mi interés por la literatura en la adolescencia. Y aunque desde pequeño viví entre los libros que mi padre devoraba a una velocidad casi de infarto, no fue hasta mi llegada al instituto cuando entraron en mi vida con la plenitud e intensidad que requería mi curiosidad por conocer más y por adentrarme en ese laberinto de conocimiento y sabiduría casi infinito.

Recuerdo que en aquella época los estudiantes de primaria no sufrían ese exagerado acoso al que ahora se ven sometidos, con objetivos de lectura mensuales y trabajos de comprensión y análisis de lectura. Yo, al contrario que ellos, lo único que leía entonces, sin contar los libros de texto, fueron casi todas las novelas de misterio de Agatha Christie y siempre por iniciativa propia. Con Mrs Marple y Hércules Poirot inicié mi interés y curiosidad por la lectura. Aunque por aquel entonces mi hábito lector era igual que el de mi padre: leía con ansia deseando saber el desenlace final desde el inicio de la historia. Admiraba, casi con devoción, a los investigadores de esas macabras aventuras. Caía, inocentemente, en las escurridizas trampas argumentales de la escritora y fracasaba siempre intentando descubrir al culpable. Mi dependencia llegó a ser absoluta, porque esas novelas suponían un gran descubrimiento, el inicio de mi curiosidad literaria, y la causa que originaría alejarme para siempre de los libros juveniles como las novelas de Los Cinco de Enid Blyton y demás lecturas similares.

Quiero aclarar que he obviado a propósito mencionar los textos religiosos obligados por el colegio, que si mi memoria no me falla, y exceptuando la Biblia, estaban bastante alejados de las numerosas obras maestras de la literatura española que en estos momentos me vienen a la cabeza, y las cuales, por desgracia, sólo se mencionaban en clase de literatura o lengua.

Así y todo, el gran cambio sucedió al llegar al instituto, donde no sólo encontré la libertad (era un instituto público y por tanto laico), también allí descubrí un nuevo mundo que para mí había permanecido oculto hasta entonces por los religiosos, el de la cultura. Un mundo donde sus apóstoles estaban representados por bohemios y muy jóvenes profesores de ética y literatura, los cuales me impresionaron mucho.

Ya desde los primeros cursos se nos ofreció escoger ciertas lecturas en la asignatura optativa de ética, títulos entre los que figuraban dos de los que marcarían bastante mi camino literario: "Utopia" de Tomás Moro y "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. Recuerdo que no escogí ninguno de la lista, sino que los leí todos, y de una forma completamente diferente a lo que hasta entonces lo había hecho: de una forma pausada, disfrutando de su estilo y meditando su contenido.

Y mientras iba asimilando este nuevo mundo, hablé con cada uno de ellos y así sacié mi sed literaria con mis primeros Poe, Kafka, H.G. Wells, Borges, Bradbury. Ellos me ayudaron a descubrir que había algo más que simples relatos o historias en los libros, que existía un pensamiento en cada frase, un estilo literario en cada uno de ellos y un nuevo y fascinante universo aún por descubrir.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Sin futuro

Qué difícil es escuchar sus palabras llenas de promesas, sus vacuos discursos, sin mostrar mi profundo desdén y, mientras, ver como todo se pudre a nuestro alrededor.

Qué curioso es haber sido toda la vida un incrédulo y descubrir avergonzado que siempre he estado creyendo en sus necias e inconcebibles falacias.

Qué terrible porvenir nos espera cuando la fe ha sido, y sigue siendo, el único camino para augurar un futuro mejor, una fe de la que no reniego pero a la cual no exijo nada.

Qué oscuro horizonte vela nuestra vista que nos impide descubrir la verdad, una única verdad que no hiere, que tan sólo insulta, divertida, mientras la ignoramos y olvidamos.

Qué triste es pensar que no existe un futuro, que sobrevivimos atrincherados en un incierto presente esperando impávidos desde la comodidad del cobarde a que algo cambie.

Qué difícil, curioso, terrible, oscuro y triste es saber que no nos importa vivir en la oscuridad aún sabiendo que está en nuestras manos iluminar nuestro futuro.

jueves, 15 de agosto de 2013

Oprimido

Encerrado en esta habitación siento como mi corazón encoge poco a poco, siento como sus cuatro paredes avanzan hacia mi, mientras el tiempo, nuestro tiempo, se detiene. Es tarde para volver atrás, demasiado tarde para decir que no.

Me falta espacio para seguir, para vivir, para amar. Qué intenso placer sería poder elegir un final a mi antojo, ser el dueño de tus palabras y acciones, de poder fundir tu deseo con el mío, de tener espacio para poder amarnos sin importarnos dónde o cuándo o cómo.

Lejos quedaron aquellos momentos de libertad, donde los sentimientos fluían solos, donde podíamos vivir sin esperar juicios, sin consecuencias. Hoy releemos y meditamos encerrados en nuestro pequeño espacio de odios y temores mientras dejamos que las paredes nos opriman.

Miro atrás y sólo veo oscuridad ante nosotros. Pasan los días y seguimos buscando una salida a esta historia que aún está por escribir, a un final que aún puedes decidir por mi.

martes, 6 de agosto de 2013

Literatura de bolsillo


Pocos libros me infunden tanto respeto y admiración como este que tengo ahora entre mis manos. Lo compré estando en un viaje de trabajo en una gran capital española, y como ya había leído todos los libros que llevaba encima y ninguno de ellos merecía ser releído, necesitaba algo más denso para compensar el mal sabor de boca que me habían dejado, además de la necesidad de tener algo con qué ocupar las casi seis horas que me esperaban en el viaje de vuelta. 

Decidí ir a la estación caminando hasta encontrar alguna librería donde poder comprar algo nuevo para leer, y tuve suerte porque no tardé mucho en topar con un pequeño quiosco con mucha prensa y, como no podía ser de otra forma, con un gran número de best seller en su escaparate. Entré buscando algo de calidad a buen precio, por lo que me dirigí a la estantería giratoria con libros de bolsillo situada al fondo del establecimiento. Y aunque sólo esperaba encontrar novelas de ciencia ficción, para mi sorpresa, entre los muchos ejemplares románticos encontré unos cuantos de una conocida colección de autores americanos en su versión de bolsillo, lo cual me obligó a, en apenas unos segundos, tener cuatro libros en una mano y mi tarjeta de crédito en la otra.

Ferdinand Holder. El lector, c. 1885 (Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid)
Las tapas de los libros estaban algo deterioradas y se notaba que llevaban mucho tiempo esperando a que algún despistado como yo los encontrara. Aunque lo que me decidió a adquirirlos fue el apellido de sus autores, escritores con un prestigio incuestionable, aunque en realidad fue uno solo de ellos el que me ayudó a confirmar la compra. Su autora recibió el premio más prestigioso que se puede conceder a un escritor, garantía de calidad literaria aunque sabía que no por ello de amenidad en su lectura. Otro importante factor que me acabó de ayudar a decidir fue su título, de tan sólo una palabra de origen inglesa y referente importante a otro de mis hobby, y por el cual tengo un cariño muy especial.

Su encuadernación era bastante pobre y, aún siendo de bolsillo, sus tapas estaban bastante mal diseñadas (algo que últimamente los editores suelen evitar en las ediciones de bajo presupuesto). Y es que tengo que admitir que, aún siendo diseñador gráfico de profesión, pocas veces me ha interesado un libro por su cubierta, como tampoco lo he buscado casi nunca por su sinopsis. Y es que para mi, una condición indispensable para que un libro despierte mi interés es el "cómo" su autor cuenta o describe algo y no el "qué" cuenta. No me importa lo que cuenta, si estéticamente su forma de hacerlo es mínimamente interesante u original, o su prosa puede llegar a emocionarme.

Así como tampoco nunca he permitido que me guste un escritor sólo por su nombre, o fama, o por las críticas literarias  favorables recibidas. Podría hacer un buen listado de escritores célebres, aclamados por la crítica nacional (e internacional) y superventas, pero de los que no soporto leer ni una sola línea de lo que escriben. Aunque esta vez no fue el caso, sabía que su literatura iba a ser algo compleja, difícil, pero enriquecedora, y desde la primera página mis expectativas fueron superadas, y con creces.

Y no sólo en su primera página sino con sus primeras frases conseguí introducirme en un mundo de extrañas y densas atmósferas, un lejano lugar descrito de forma reconocible y emocionalmente cercano. El texto describía un espacio de sentimientos encontrados, de sensuales personajes con conflictos raciales, envueltos en sangrientas historias, en venganzas bañadas en sudor, sangre y alcohol. Una prosa densa y poética, con tramas y estructuras narrativas enlazadas y enredadas entre sí. Donde los orígenes se intercalan con tus vivencias, y los inicios son duros para todos aquellos que lo tienen casi todo en contra. Unos recuerdos históricos, donde la trama eleva de tal forma la temperatura mientras avanzas en su lectura, en su parafraseo, que sientes cómo la falta de aire se convierte en tu forma de vivirla.

Entonces empecé a entender el por qué de mi forma de ser, el por qué esa maraña de textos, de historias de amor, violencia y supervivencia me entusiasmaba tanto y en cambio aquello que todo el mundo leía y que tenía una trama igual o más compleja no me gustaba en absoluto. Entendí que el exterior, la apariencia o la forma de venderse públicamente es lo que menos me interesa en un libro, en una historia, en la vida. Que la encuadernación, el acabado y el diseño no me sirve de determinante de compra, que mi interés sólo está en el contenido, no el continente. Y cuando un libro de bolsillo tiene unas bases literarias sólidas, ¿por qué me tengo que preocupar por esas frágiles tapas?