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martes, 1 de julio de 2014

Un cambio. Un nuevo camino.


Fase 1: Un descubrimiento

Aunque siempre me ha gustado escribir, entiendo que ha llegado el momento de rendirme ante la evidencia: no soy un escritor. Yo lo sé, y vosotros también. Desde entonces y, muy a mi pesar, intento asimilar la cruda realidad (o la evidencia) en una sencilla frase: "no he vuelto a escribir desde el 16 de diciembre de 2013".  Podría definir esta absurda declaración de principios como que sólo soy un lector que ama la literatura y al que le gustaría más escribir que leer o, huyendo de tópicos y cayendo plenamente en ellos, que sólo soy un simple aficionado que disfruta leyendo y no escribiendo.

Fase 2: Una decisión
Puede que por esto he tomado una sencilla y clara decisión: voy a cambiar el rumbo temático de este blog. A partir de ahora voy a hablar de cosas que me interesen, que descubra. De novedades profesionales o personales, de intereses, ideas, opiniones o simplemente, de cosas que se me pasen por la cabeza, y no de textos ambiguos con ridículas pretensiones artísticas e intelectualmente simples.

Fase 3: Un nuevo camino
Siento decepcionar a todo aquel que busque literatura en mis textos (por favor, dejadme soñar un poco), y que sólo encuentre aquí imágenes "consumistas" acompañadas de textos vacíos y simples, fruto, casi siempre, de una mente opaca algo saturada por el entorno, pero que aún así continúa amando las palabras como complemento de estos fríos recortes, de estos medios de expresión a la vida. Siento decepcionar a todo aquel que busca algo de mi en el interior de este blog. Sé que no lo van a encontrar a partir de ahora aquí, lo siento.

Fase 4: Un nuevo blog
Quizás este nuevo camino signifique el inicio de un cambio profesional, aunque es pronto para decirlo. Lo que sí es cierto, es que abre un nuevo camino para mi enfoque profesional, y este camino produce cambios que, afortunadamente me hacen madurar profesional y personalmente a pasos agigantados todos los días.

Fase 5: Despedida y cierre
Lamento no saber explicarme mejor, puede que lo entendáis más en el próximo post. O puede que estéis leyendo esto tras no entender las nuevas entradas. Sea como fuere, no dudéis en preguntar, puede que os conteste.

sábado, 16 de noviembre de 2013

A veces sueño...

A veces sueño...
Que allá lejos existe un lugar donde impera la paz, donde nadie exige nada y todo el mundo es feliz. Donde mirarse a los ojos es sentir tu amor, tu amistad y deseo. Donde puedo tenerte a mi lado y sentir tu cariño, tus suaves palabras de amor, tus dulces promesas de esperanza perdida, tu felicidad y mi melancolía.
A veces sueño...
Que nada de lo que vivimos es real, que hoy no es hoy y el ayer puede que sea nuestro mañana. Que el tiempo es sólo un melancólico recuerdo de tiempos futuros ya vividos y que, mientras veo la vida pasar muy despacio, puedo avanzar y retroceder por ella a mi antojo sin que el pasado y el futuro me importen.

A veces sueño...
Que soy otro y me presentan a un extraño individuo al que compadezco desde la distancia, un individuo que aborrezco y amo al mismo tiempo, un extraño que ataca mi ego desde su humildad, mi debilidad. Un extraño que me ofrece su amistad, aunque no entiendo su forma de ser. Un enemigo al que amo y añoro tanto, como te amo y necesito a ti. Un extraño que soy yo mismo.

A veces sueño...
Con tu Dios, un ser invisible con el que hablo, siento y amo. Entonces comprendo que es también mi Dios, el nuestro. Que su espíritu nos rodea sin entender nada de lo que nos sucede, sin hacer nada por convencernos de que está en nuestras manos detenerlo. Ese ser infunde en mi alma un amor hacia los demás no correspondido, un amor que se convierte en odio reprimido y finalmente en egoísta olvido. 

A veces sueño...
Que soy feliz, y despierto entendiendo la vida, antes de dormir y volver a despertar sin recordarlo.

A veces sueño...
Que vivo despierto y muero soñando.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Lector imposible (Caro Diario)


Querido lector imposible, hoy quiero contarte que por fin soy feliz. Por fin puedo describir mi interior, aquí, en la intimidad de estas páginas, donde dibujaré mi yo, mi día a día para ti, y también para mi.

Como espectador y, a veces, como un simple actor de reparto en mi propia vida, mi ánimo me permite, al fin, iniciar esta nueva etapa de libertad. Mi alma necesita contar historias de un ayer, siempre encadenadas a un hoy y pendientes de un mañana. Son relatos desde lo más profundo de mí, sucesos de un pasado que siempre han acabado en un camino sin salida, sucesos relatados desde un lugar desde donde, por fin, consigo desahogarme hoy ya sin pudor y volar por este hermoso y vacío valle de páginas.

Ilusionado me desnudo ante él, expulsando todo aquello que me carcome por dentro, vomitando todo lo que me sucede y ata a este mundo, ilusionado ante este cruel ejercicio de liberación.

Querido lector imposible, hoy ya me siento bien para escribirte sin tapujos y confesarte que desde ahora soy otro, que puedo decirte lo que siento sin miedo, sabiendo que no seré juzgado. No temas, no espero respuesta, no busco confesor, sólo quiero tener un lugar donde pueda describirme tal como soy, como sólo yo sé que soy.

Hoy soy feliz, querido lector imposible, por fin tengo la libertad que desde niño no sentía, por fin noto cómo vaciando mi alma estoy consiguiendo llenar mi espíritu, mi ánimo y mis fuerzas para poder seguir caminando por esta oscura y dura vida.

Tanto tiempo buscando entre la oscuridad sin ver amanecer, sin encontrar una salida, sin conseguir renacer. Tanto tiempo sin darme cuenta que la solución estaba aquí, en estas páginas en blanco.

Por fin hoy, querido lector imposible, voy a ser libre. Por fin hoy he conseguido ser feliz.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Leo porque existo. (La curiosidad)


Daguerrotipo de Edgar Allan Poe
(1848) tomado por W.S. Hartshorn
Y existo porque leo. La lectura, al igual que la música, ha llegado a ser para mi una necesidad diaria vital tal como lo es comer o dormir. Gracias a ella he conseguido que mi mente y mi ánimo mantengan siempre un equilibrio emocional, incluso en los peores momentos. Pero también es cierto que existe mucha gente que no termina de entender ni compartir ese hábito intelectual tan gratificante para mí, por lo que ante la pregunta de cómo he llegado a "padecer" esa necesidad casi obsesiva, mi respuesta siempre es la misma: "Por curiosidad. A ella se lo debo todo".

Sí, fue la curiosidad la que despertó mi interés por la literatura en la adolescencia. Y aunque desde pequeño viví entre los libros que mi padre devoraba a una velocidad casi de infarto, no fue hasta mi llegada al instituto cuando entraron en mi vida con la plenitud e intensidad que requería mi curiosidad por conocer más y por adentrarme en ese laberinto de conocimiento y sabiduría casi infinito.

Recuerdo que en aquella época los estudiantes de primaria no sufrían ese exagerado acoso al que ahora se ven sometidos, con objetivos de lectura mensuales y trabajos de comprensión y análisis de lectura. Yo, al contrario que ellos, lo único que leía entonces, sin contar los libros de texto, fueron casi todas las novelas de misterio de Agatha Christie y siempre por iniciativa propia. Con Mrs Marple y Hércules Poirot inicié mi interés y curiosidad por la lectura. Aunque por aquel entonces mi hábito lector era igual que el de mi padre: leía con ansia deseando saber el desenlace final desde el inicio de la historia. Admiraba, casi con devoción, a los investigadores de esas macabras aventuras. Caía, inocentemente, en las escurridizas trampas argumentales de la escritora y fracasaba siempre intentando descubrir al culpable. Mi dependencia llegó a ser absoluta, porque esas novelas suponían un gran descubrimiento, el inicio de mi curiosidad literaria, y la causa que originaría alejarme para siempre de los libros juveniles como las novelas de Los Cinco de Enid Blyton y demás lecturas similares.

Quiero aclarar que he obviado a propósito mencionar los textos religiosos obligados por el colegio, que si mi memoria no me falla, y exceptuando la Biblia, estaban bastante alejados de las numerosas obras maestras de la literatura española que en estos momentos me vienen a la cabeza, y las cuales, por desgracia, sólo se mencionaban en clase de literatura o lengua.

Así y todo, el gran cambio sucedió al llegar al instituto, donde no sólo encontré la libertad (era un instituto público y por tanto laico), también allí descubrí un nuevo mundo que para mí había permanecido oculto hasta entonces por los religiosos, el de la cultura. Un mundo donde sus apóstoles estaban representados por bohemios y muy jóvenes profesores de ética y literatura, los cuales me impresionaron mucho.

Ya desde los primeros cursos se nos ofreció escoger ciertas lecturas en la asignatura optativa de ética, títulos entre los que figuraban dos de los que marcarían bastante mi camino literario: "Utopia" de Tomás Moro y "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. Recuerdo que no escogí ninguno de la lista, sino que los leí todos, y de una forma completamente diferente a lo que hasta entonces lo había hecho: de una forma pausada, disfrutando de su estilo y meditando su contenido.

Y mientras iba asimilando este nuevo mundo, hablé con cada uno de ellos y así sacié mi sed literaria con mis primeros Poe, Kafka, H.G. Wells, Borges, Bradbury. Ellos me ayudaron a descubrir que había algo más que simples relatos o historias en los libros, que existía un pensamiento en cada frase, un estilo literario en cada uno de ellos y un nuevo y fascinante universo aún por descubrir.


martes, 6 de agosto de 2013

Literatura de bolsillo


Pocos libros me infunden tanto respeto y admiración como este que tengo ahora entre mis manos. Lo compré estando en un viaje de trabajo en una gran capital española, y como ya había leído todos los libros que llevaba encima y ninguno de ellos merecía ser releído, necesitaba algo más denso para compensar el mal sabor de boca que me habían dejado, además de la necesidad de tener algo con qué ocupar las casi seis horas que me esperaban en el viaje de vuelta. 

Decidí ir a la estación caminando hasta encontrar alguna librería donde poder comprar algo nuevo para leer, y tuve suerte porque no tardé mucho en topar con un pequeño quiosco con mucha prensa y, como no podía ser de otra forma, con un gran número de best seller en su escaparate. Entré buscando algo de calidad a buen precio, por lo que me dirigí a la estantería giratoria con libros de bolsillo situada al fondo del establecimiento. Y aunque sólo esperaba encontrar novelas de ciencia ficción, para mi sorpresa, entre los muchos ejemplares románticos encontré unos cuantos de una conocida colección de autores americanos en su versión de bolsillo, lo cual me obligó a, en apenas unos segundos, tener cuatro libros en una mano y mi tarjeta de crédito en la otra.

Ferdinand Holder. El lector, c. 1885 (Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid)
Las tapas de los libros estaban algo deterioradas y se notaba que llevaban mucho tiempo esperando a que algún despistado como yo los encontrara. Aunque lo que me decidió a adquirirlos fue el apellido de sus autores, escritores con un prestigio incuestionable, aunque en realidad fue uno solo de ellos el que me ayudó a confirmar la compra. Su autora recibió el premio más prestigioso que se puede conceder a un escritor, garantía de calidad literaria aunque sabía que no por ello de amenidad en su lectura. Otro importante factor que me acabó de ayudar a decidir fue su título, de tan sólo una palabra de origen inglesa y referente importante a otro de mis hobby, y por el cual tengo un cariño muy especial.

Su encuadernación era bastante pobre y, aún siendo de bolsillo, sus tapas estaban bastante mal diseñadas (algo que últimamente los editores suelen evitar en las ediciones de bajo presupuesto). Y es que tengo que admitir que, aún siendo diseñador gráfico de profesión, pocas veces me ha interesado un libro por su cubierta, como tampoco lo he buscado casi nunca por su sinopsis. Y es que para mi, una condición indispensable para que un libro despierte mi interés es el "cómo" su autor cuenta o describe algo y no el "qué" cuenta. No me importa lo que cuenta, si estéticamente su forma de hacerlo es mínimamente interesante u original, o su prosa puede llegar a emocionarme.

Así como tampoco nunca he permitido que me guste un escritor sólo por su nombre, o fama, o por las críticas literarias  favorables recibidas. Podría hacer un buen listado de escritores célebres, aclamados por la crítica nacional (e internacional) y superventas, pero de los que no soporto leer ni una sola línea de lo que escriben. Aunque esta vez no fue el caso, sabía que su literatura iba a ser algo compleja, difícil, pero enriquecedora, y desde la primera página mis expectativas fueron superadas, y con creces.

Y no sólo en su primera página sino con sus primeras frases conseguí introducirme en un mundo de extrañas y densas atmósferas, un lejano lugar descrito de forma reconocible y emocionalmente cercano. El texto describía un espacio de sentimientos encontrados, de sensuales personajes con conflictos raciales, envueltos en sangrientas historias, en venganzas bañadas en sudor, sangre y alcohol. Una prosa densa y poética, con tramas y estructuras narrativas enlazadas y enredadas entre sí. Donde los orígenes se intercalan con tus vivencias, y los inicios son duros para todos aquellos que lo tienen casi todo en contra. Unos recuerdos históricos, donde la trama eleva de tal forma la temperatura mientras avanzas en su lectura, en su parafraseo, que sientes cómo la falta de aire se convierte en tu forma de vivirla.

Entonces empecé a entender el por qué de mi forma de ser, el por qué esa maraña de textos, de historias de amor, violencia y supervivencia me entusiasmaba tanto y en cambio aquello que todo el mundo leía y que tenía una trama igual o más compleja no me gustaba en absoluto. Entendí que el exterior, la apariencia o la forma de venderse públicamente es lo que menos me interesa en un libro, en una historia, en la vida. Que la encuadernación, el acabado y el diseño no me sirve de determinante de compra, que mi interés sólo está en el contenido, no el continente. Y cuando un libro de bolsillo tiene unas bases literarias sólidas, ¿por qué me tengo que preocupar por esas frágiles tapas?

martes, 9 de julio de 2013

Silencio


Ese día salí temprano, paseando sin prisa y saboreando el camino. Aunque todavía estábamos en primavera, la temperatura era ya muy alta a estas horas del día y el sol estaba castigando sin piedad a todo aquel que se exponía bajo su manto. Nada más llegar llamé al timbre y esperé frente a la puerta, impasible, durante cinco interminables minutos. Bajo el óxido, la mugre y las pintadas, apenas podía reconocer la puerta que tantas veces había franqueado años atrás, una puerta que hasta entonces había olvidado por completo y que pensaba que no volvería a ver jamás.

Tepeaca (Puebla),
imagen de Juan Rulfo
(propiedad de Clara Aparicio de Rulfo)
Por fin, la puerta se abrió, y una arrugada anciana, vestida completamente de negro, se quedó de pie ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Estuvo así, sin moverse ni decir nada durante unos segundos, tras los cuales desapareció en el oscuro interior de la casa. Lo consideré una invitación, así que entré cerrando la puerta tras de mí. La casa era aún mucho más oscura de lo que recordaba. Apenas podía distinguir nada, todo era negro, los pocos muebles, las paredes, las puertas, todo lo era. Recordaba que las telas que ocultaban los sucios ventanales fueron en su momento de un tono crema, pero por lo visto habían padecido el abandono, y el paso del tiempo las había oscurecido sin piedad.

Atravesé despacio el pasillo arrastrando los pies y guiándome con la mano en la pared hasta que por fin vislumbré la débil luz del salón. El sudor todavía bañaba mi frente y, a veces, me cegaba la vista. El lugar era frío y húmedo, y el aire viciado exhalaba un fuerte, aunque extrañamente confortable, hedor a moho y polvo. Un escalofrío me subió por la espalda al llegar al umbral de la habitación. Todo estaba tal como la recordaba. Aunque la escasa luz no me dejara ver mucho, me dio la sensación que era el único lugar de toda la casa que no había sufrido el paso del tiempo.

El sofá, al que tantas veces me acerqué de pequeño en busca de consuelo, de consejo, de cariño, seguía en el mismo lugar de siempre, de espaldas a la puerta de entrada y encarado a la gran ventana que daba al exterior. Y allí estaba, sentado, como siempre, con su delgada figura y su mirada inquisitoria. Con su dura fachada de corazón sensible e inteligente. Al entrar tropecé, con mi aconstumbrada falta de agilidad, con una silla que se encontraba junto a la puerta, pero el golpe, curiosamente, no produjo ningún ruido. Todo estaba sumido en un grave y severo silencio.

Tomé asiento en el pequeño taburete, situado junto a él. Su rostro, impasible, miraba fijamente la ventana, aunque el cristal estaba tan sucio que era imposible que viera nada a través de él. Volví a preguntarme por qué se encontraba tan oscura la habitación, cuando todos los cristales de las ventanas estaban al descubierto. Intenté decir algo, pero me fue imposible. Busqué su mirada, pero él se limitó a encender un cigarrillo y a inhalar el humo y expulsarlo por la boca y la nariz. Tras descansar su brazo en el sofrá giró la cara y me miró fijamente. Su rostro estaba menos delgado, y sus grandes gafas seguían reflejando la oscuridad que nos rodeaba. Su mirada vacía atravesó la mía. El olor del tabaco empezó a inundar la habitación. Se quedó así, mirándome, sin pestañear, sin hablar, sin fumar.

No sé el tiempo que llegó a pasar, pero fue mucho. Todo aquello que quería decirle se quedó en mi interior, no pude articular palabra, él tampoco. La oscuridad fue aumentando, hasta que todo entró en penumbra. Cuando fui incapaz de ver nada me levanté, fui hacia el sillón, pero él ya no estaba allí. Tampoco volví a ver a la anciana, ni pude salir de nuevo al pasillo. Aún hoy me encuentro en esta estancia de la que ni puedo ni quiero salir.

Todos los días, sobre las doce, solemos encontrarnos. El fuma, yo le miro, él me mira. No somos capaces de decirnos nada. La verdad es que he dejado de hablar, al igual que él. Ayer me sonrió, creo que empezamos a entendernos. Mañana intentaré decirle que le quiero. Aunque no creo que pueda. Es hermoso este silencio.

viernes, 28 de junio de 2013

Rayuela


Nos gustaba encerrarnos en su pequeña habitación y hablar de nuestros nuevos descubrimientos musicales y literarios. Encendíamos un Ducados y con Miles Davis, King Crimson, Henry Cow o Van Der Graf Generator sonando de fondo, comentábamos nuestro primer Llosa, nuestro segundo Márquez o nuestro tercer Sábato.

Pero nada fue comparable a aquel momento que me enseñó una novela que rompía todos los esquemas clásicos a los que estábamos aconstumbrados. Su hermano se la había recomendado (él era treméndamente inteligente para los estudios, una enciclopédia andante de sabiduría, un gurú intocable de sapiencia y cultura. Demasiado pedante para mi). Nos contó que se editó apenas un año antes de nacer nosotros, pero su concepto de lectura era completamente diferente a todo lo que habíamos leído hasta ahora. Al igual que Henry Cow, el autor había innovado su estructura y su forma de leer. Y no sólo eso, sino que ¡se podía leer de tres formas diferentes!

No dábamos crédito a lo que oíamos. Los dos teníamos que comprar el libro. Así que ese mismo sábado fui con mi padre a aquella maravillosa y céntrica librería que en vez de paredes sólo tenía inmensas estanterías llenas de libros, y compré una edición de bolsillo que aún hoy conservo. Lo leí de un tirón. Qué maravilla, no podía esperar a llegar a casa de mi amigo para comentarlo, para intentar imitar esas tertulias, para intentar soñar con la protagonista, los Gauloises, con el jazz y con esos ambientes tan admirados pero a la vez tan lejanos.

Aún hoy, ya lejos de aquella infantil y voraz ilusión por imitar un mundo que no era el nuestro, sigo admirando esa forma de escribir de apariencia tan sencilla, pero de una inmensa y perfecta complejidad. Aún hoy añoro esa inocencia soñadora. Suerte que todavía conservo esa sensación de descubrimiento en mi memoria y cada vez que ese libro vuelve a mis manos recuerdo que ese fue uno de mis mejores momentos como lector.

miércoles, 26 de junio de 2013

En la nada.


(La Montaña Mágica de T. Mann)

Ese día salió solo. Paseó sin rumbo durante toda la mañana sumergido en sus pensamientos, hasta que llegó a lo alto de la colina. Necesitaba descansar un poco y recuperar fuerzas para poder volver. Anduvo un poco más hasta llegar al centro de la llanura, justo en el centro de la nada. Desde allí todo lo que veía era blanco, incluso el cielo. Sus ojos, cegados por el resplandor, apenas podían abrirse. Al parar, sus pies se hundieron en la suave y blanca nieve. Era el momento de iniciar, una vez más, el ritual del descanso.

Encendió con deleite su cigarro. El humo, tras ser aspirado con violencia, atravesó suavemente su garganta y pasó por sus estrechos bronquios hasta inundar sus pulmones. Un cúmulo de sensaciones invadieron su mente y su ser, sensaciones tan dispares como una enorme satisfacción, como un severo y contradictorio sentimiento de placer y culpa. Continuó observando, aburrido, cómo se consumía lentamente su cigarro, al igual que lo hacía su contemplativa vida. Su absurda, aburrida, ilógica y trágica vida.

Ya consumido, sus labios aún continuaban expulsando el cálido y sangrante humo. El viento empezó a susurrarle de nuevo aquella monótona y obsesiva melodía, ¿o ese sonido era producido por su sibilante y agónico aliento? Alzó su vista al cielo y observó su tenue luz. Anochece ya, pensó. Y fue entonces cuando temió que sus fuerzas no le permitirían volver con sus mentores. Aunque una suave mueca en su labio delataba que no era una excusa válida para no regresar y dejar de seguir analizando intangibles conceptos humanísticos.

Aún hoy sigo observando su delgada y oscura silueta perdida entre el blanco vacío. Horrorizado contemplo desde lo lejos cómo esas tertulias, lamentablemente tan lejanas a las de París, todavía saturan mi interés por continuar. Puede que el esfuerzo se vea compensado por ese absurdo y pedante repaso intelectual, pero aún así, su aburrimiento burgués me resulta repulsivamente contagioso.

Quizás sea un buen momento para encender un nuevo cigarro y emprender otro largo viaje a las altas cumbres literarias.

sábado, 22 de junio de 2013

Bienvenidos a mi mundo.


Hoy, por fin, inicio un blog que intenté abrir hace ya muchos años y que desde entonces tenía congelado, esperando su momento. Hoy me he sentido lo suficientemente libre para hacerlo.

Aquí vas a encontrar un compendio de imágenes, sentimientos, pensamientos y pequeñas elucubraciones, fraguadas tras asimilar mis pequeñas y humildes dosis de cultura musical y literaria.

No son textos críticos ni analíticos, sólo son frágiles sentimientos transcritos en pocas líneas y pequeños trazos.

Si en algún momento te sientes perdido, no temas, era mi intención. No importa si no conoces la obra, argumento principal del texto que lees, sólo intenta sentir lo que describe, quizás así entiendas un poco mi sinrazón.

No sin pudor, exhibo mi mente ante vosotros, desnuda, descarnada. Sólo os pido disculpas por mi atrevimiento.