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jueves, 7 de noviembre de 2013

Lector imposible (Caro Diario)


Querido lector imposible, hoy quiero contarte que por fin soy feliz. Por fin puedo describir mi interior, aquí, en la intimidad de estas páginas, donde dibujaré mi yo, mi día a día para ti, y también para mi.

Como espectador y, a veces, como un simple actor de reparto en mi propia vida, mi ánimo me permite, al fin, iniciar esta nueva etapa de libertad. Mi alma necesita contar historias de un ayer, siempre encadenadas a un hoy y pendientes de un mañana. Son relatos desde lo más profundo de mí, sucesos de un pasado que siempre han acabado en un camino sin salida, sucesos relatados desde un lugar desde donde, por fin, consigo desahogarme hoy ya sin pudor y volar por este hermoso y vacío valle de páginas.

Ilusionado me desnudo ante él, expulsando todo aquello que me carcome por dentro, vomitando todo lo que me sucede y ata a este mundo, ilusionado ante este cruel ejercicio de liberación.

Querido lector imposible, hoy ya me siento bien para escribirte sin tapujos y confesarte que desde ahora soy otro, que puedo decirte lo que siento sin miedo, sabiendo que no seré juzgado. No temas, no espero respuesta, no busco confesor, sólo quiero tener un lugar donde pueda describirme tal como soy, como sólo yo sé que soy.

Hoy soy feliz, querido lector imposible, por fin tengo la libertad que desde niño no sentía, por fin noto cómo vaciando mi alma estoy consiguiendo llenar mi espíritu, mi ánimo y mis fuerzas para poder seguir caminando por esta oscura y dura vida.

Tanto tiempo buscando entre la oscuridad sin ver amanecer, sin encontrar una salida, sin conseguir renacer. Tanto tiempo sin darme cuenta que la solución estaba aquí, en estas páginas en blanco.

Por fin hoy, querido lector imposible, voy a ser libre. Por fin hoy he conseguido ser feliz.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Leo porque existo. (La curiosidad)


Daguerrotipo de Edgar Allan Poe
(1848) tomado por W.S. Hartshorn
Y existo porque leo. La lectura, al igual que la música, ha llegado a ser para mi una necesidad diaria vital tal como lo es comer o dormir. Gracias a ella he conseguido que mi mente y mi ánimo mantengan siempre un equilibrio emocional, incluso en los peores momentos. Pero también es cierto que existe mucha gente que no termina de entender ni compartir ese hábito intelectual tan gratificante para mí, por lo que ante la pregunta de cómo he llegado a "padecer" esa necesidad casi obsesiva, mi respuesta siempre es la misma: "Por curiosidad. A ella se lo debo todo".

Sí, fue la curiosidad la que despertó mi interés por la literatura en la adolescencia. Y aunque desde pequeño viví entre los libros que mi padre devoraba a una velocidad casi de infarto, no fue hasta mi llegada al instituto cuando entraron en mi vida con la plenitud e intensidad que requería mi curiosidad por conocer más y por adentrarme en ese laberinto de conocimiento y sabiduría casi infinito.

Recuerdo que en aquella época los estudiantes de primaria no sufrían ese exagerado acoso al que ahora se ven sometidos, con objetivos de lectura mensuales y trabajos de comprensión y análisis de lectura. Yo, al contrario que ellos, lo único que leía entonces, sin contar los libros de texto, fueron casi todas las novelas de misterio de Agatha Christie y siempre por iniciativa propia. Con Mrs Marple y Hércules Poirot inicié mi interés y curiosidad por la lectura. Aunque por aquel entonces mi hábito lector era igual que el de mi padre: leía con ansia deseando saber el desenlace final desde el inicio de la historia. Admiraba, casi con devoción, a los investigadores de esas macabras aventuras. Caía, inocentemente, en las escurridizas trampas argumentales de la escritora y fracasaba siempre intentando descubrir al culpable. Mi dependencia llegó a ser absoluta, porque esas novelas suponían un gran descubrimiento, el inicio de mi curiosidad literaria, y la causa que originaría alejarme para siempre de los libros juveniles como las novelas de Los Cinco de Enid Blyton y demás lecturas similares.

Quiero aclarar que he obviado a propósito mencionar los textos religiosos obligados por el colegio, que si mi memoria no me falla, y exceptuando la Biblia, estaban bastante alejados de las numerosas obras maestras de la literatura española que en estos momentos me vienen a la cabeza, y las cuales, por desgracia, sólo se mencionaban en clase de literatura o lengua.

Así y todo, el gran cambio sucedió al llegar al instituto, donde no sólo encontré la libertad (era un instituto público y por tanto laico), también allí descubrí un nuevo mundo que para mí había permanecido oculto hasta entonces por los religiosos, el de la cultura. Un mundo donde sus apóstoles estaban representados por bohemios y muy jóvenes profesores de ética y literatura, los cuales me impresionaron mucho.

Ya desde los primeros cursos se nos ofreció escoger ciertas lecturas en la asignatura optativa de ética, títulos entre los que figuraban dos de los que marcarían bastante mi camino literario: "Utopia" de Tomás Moro y "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. Recuerdo que no escogí ninguno de la lista, sino que los leí todos, y de una forma completamente diferente a lo que hasta entonces lo había hecho: de una forma pausada, disfrutando de su estilo y meditando su contenido.

Y mientras iba asimilando este nuevo mundo, hablé con cada uno de ellos y así sacié mi sed literaria con mis primeros Poe, Kafka, H.G. Wells, Borges, Bradbury. Ellos me ayudaron a descubrir que había algo más que simples relatos o historias en los libros, que existía un pensamiento en cada frase, un estilo literario en cada uno de ellos y un nuevo y fascinante universo aún por descubrir.


viernes, 5 de julio de 2013

Autobiografía


Siempre consideré extraño que me preguntara quién era yo. Y lo califico de "extraño" porque quizás esa pregunta se podía realizar de muchas formas: ¿cómo te llamas?, ¿a qué te dedicas?, ¿cuántos años tienes?, ¿qué buscas en la vida?, pero no que me preguntara tan cruda y directamente: "¿quién eres?". Y más que nada, porque es algo que no se puede preguntar a una persona que ya conoces, y porque exige un desarrollo de la pregunta para saber cómo enfocar la respuesta. Pero sobretodo porque es algo que me torturaba desde hacía mucho tiempo.

René Magritte "Retrato de
Edward James" (1937)
Me hubiese gustado decir que era escritor de novelas, y que tenía mucho éxito, aunque casi nunca firmara con mi nombre. O que era un famoso pintor o ilustrador que trabajaba para agencias y no podía poner mi nombre en las obras porque lo exigía mi contrato. O contentarme con la realidad, que soy un diseñador gráfico que busca adaptarse a las nuevas tecnologías. Pero no lo hice porque me preguntó "quién eres" no "¿a qué te dedicas?".

Me hubiese gustado decirle que no importaba quién fuera, que nada ni nadie es lo que parece o lo que los demás ven en él. Decir que somos ciegos en un mundo invisible. Que cuando crees haber descubierto quién eres te das cuenta que no te comprendes. Que nadie sabrá nunca quién soy mientras no sepan quiénes son ellos. Que...

Pero en aquel momento mi respuesta fue breve y sincera, quizás porque no esperaba la pregunta, o porque tuve poco tiempo para pensar, o simplemente porque mi subconsciente respondió por mi. Nunca lo sabré. Pero por lo visto le gustó lo que dije, aunque yo en ese momento ni siquiera era consciente.

Y aún hoy sigo sin poder hacerlo. Ahora, cada vez que me miro al espejo suelo repetir en voz alta la pregunta: ¿quién eres? Y busco mi reflejo y sólo veo a un extraño mirándome asustado. Pero sólo se me ocurren estupideces metafísicas, tan ridículas y profundas que me da vergüenza ponerlas por escrito (y para ser sincero, tampoco sabría cómo hacerlo).

Aquella vez contesté: "Sigo siendo yo", pero ahora sé realmente que lo que quería decir era: "Soy un extraño."