lunes, 16 de diciembre de 2013

Momentos Efímeros

Momentos efímeros, así los llama. Son esos breves segundos que sólo pueden ser captados por almas sensibles, pequeños instantes de nuestra vida, aparentemente sin importancia para el resto del mundo, pero que recordamos con cariño o incluso, con amor. Esos breves momentos que nos hacen reír cuando los recordamos, que consiguen emocionarnos, hacernos felices y recordarlos durante toda nuestra vida. Son sentimientos de felicidad que nos ayudan a soportar los tragos más amargos, las derrotas más duras, la oscura soledad en la que vivimos.

Ella colecciona esos momentos. Los graba en su memoria cuando suceden y los guarda para siempre en su corazón. Y es así como los describe más tarde en un pequeño cuaderno de piel con viejas tapas de cuero, sentimientos garabateados para siempre en ese amarillento papel tan arrugado ya por su uso y que guarda celosamente dentro de una vieja caja metálica de galletas. Una caja que a veces contempla sin abrir, durante mucho tiempo, como quien venera un tesoro. 

Hoy ha sucedido uno de esos momentos especiales y lo ha anotado tal como lo ha vivido, como lo ha sentido y como lo recordará durante el resto de su vida. Esta vez ha sido muy especial, estaba nerviosa y muy excitada, tanto que, tras leer más tarde las notas de su cuaderno, ha comprendido que lo escrito no era fiel a lo sentido, que lo relatado no era real, y que tiene que empezar de nuevo. Esta vez sabe que su efímero momento necesita describirse mejor.

Lo escrito era algo así. 
"Sus ojos, fijos en los míos, me obligaron a contestar. Su mirada era joven, su cuerpo ya no tanto. Se ruborizó al ver mi mirada y agachó la cabeza. Su mirada me cautivó y me emocionó. Bajó en la siguiente parada. Sé que no le volveré a ver más."

Aunque lo que sucedió fue esto. 
"Hoy he terminado muy tarde de trabajar. Era ya de noche y me dio miedo coger el metro, así que me dirigí a la parada de autobús. Estaba muy cansada y completamente evadida de la realidad con la música y mi lectura, pero intuí que algo sucedía a mi alrededor. No me apetecía ver nada ni a nadie, pero la curiosidad pudo más que mi agotamiento, así que levanté la mirada. Y entonces vi sus ojos buscando los míos. Nuestras miradas se cruzaron, se penetraron, se hablaron. Fueron apenas unos segundos y aún así suficientes para descubrir el amor, la paz y la sabiduría que reflejaban. Él apartó la vista, sonriendo, pero ruborizado ante mi atrevimiento, quizás temiendo que mal interpretara su gesto. Yo también lo hice. Bajó en la siguiente parada. Desde entonces su paz y su ser vive conmigo."

Puede que nunca lo describa así, porque así es como lo sentí yo. Igual algún día se lo digo, aunque es más probable que no me atreva y siga con ella mientras la veo envejecer. Sacrificaría mi inmortalidad por repetir una vez más ese efímero momento.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Ausencia

Monte Ulia - detalle (Sorolla)
Suaves sonidos llegan a mis oídos mientras descanso en este paraje de ensueño. Hoy me encuentro rodeado de la nada, acariciado por esta suave y fría brisa, sin nadie que interfiera en mi paz, sólo con el vacío y su apacible murmullo, con ese dulce eco apenas perceptible, que me acompaña en este peculiar éxtasis espiritual.

¿Existe algo tan gratificante como disfrutar de esta deseada soledad? Hacía tiempo que buscaba un lugar donde conseguir liberarme de esa cárcel que supone el mundo civilizado, un lugar donde pueda sentirme libre de toda preocupación y donde el silencio me permita recordar que aún sigo vivo. 

Mientras observo cómo el viento mece suavemente las ramas de los árboles, este lugar me obliga viajar a lejanos lugares vividos en mi infancia. Veo un lugar donde un día de playa se podía convertir, a pocos metros de la orilla, en un improvisado día de camping con tumbonas, mesas y sillas plegables. Donde unos niños intentan dormir la siesta sin conseguirlo, con el calor haciéndoles sudar sin parar, mientras los mayores, medio dormidos, contestan a las incesantes preguntas sobre la digestión y la hora del baño.

Las insistentes cigarras suenan cada vez más fuerte, con su monótono y estridente cric cric, casi como si las tuviera junto a mí. Y vuelvo. De nuevo me encuentro aquí, muy lejos de esa apacible serenidad antes vivida. El suave murmullo desaparece y así es como consigo despertar de mi letargo; mis sentidos vuelven poco a poco a la realidad, lamentablemente vuelven. El caos se apodera una vez más de mi entorno. No puedo calcular el tiempo que ha pasado, pero he vuelto como nuevo. Creo que mi ausencia, aún estando aquí, no ha superado unos breves segundos.

Y mi paz interior sigue intacta. Aún estoy a salvo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

A veces sueño...

A veces sueño...
Que allá lejos existe un lugar donde impera la paz, donde nadie exige nada y todo el mundo es feliz. Donde mirarse a los ojos es sentir tu amor, tu amistad y deseo. Donde puedo tenerte a mi lado y sentir tu cariño, tus suaves palabras de amor, tus dulces promesas de esperanza perdida, tu felicidad y mi melancolía.
A veces sueño...
Que nada de lo que vivimos es real, que hoy no es hoy y el ayer puede que sea nuestro mañana. Que el tiempo es sólo un melancólico recuerdo de tiempos futuros ya vividos y que, mientras veo la vida pasar muy despacio, puedo avanzar y retroceder por ella a mi antojo sin que el pasado y el futuro me importen.

A veces sueño...
Que soy otro y me presentan a un extraño individuo al que compadezco desde la distancia, un individuo que aborrezco y amo al mismo tiempo, un extraño que ataca mi ego desde su humildad, mi debilidad. Un extraño que me ofrece su amistad, aunque no entiendo su forma de ser. Un enemigo al que amo y añoro tanto, como te amo y necesito a ti. Un extraño que soy yo mismo.

A veces sueño...
Con tu Dios, un ser invisible con el que hablo, siento y amo. Entonces comprendo que es también mi Dios, el nuestro. Que su espíritu nos rodea sin entender nada de lo que nos sucede, sin hacer nada por convencernos de que está en nuestras manos detenerlo. Ese ser infunde en mi alma un amor hacia los demás no correspondido, un amor que se convierte en odio reprimido y finalmente en egoísta olvido. 

A veces sueño...
Que soy feliz, y despierto entendiendo la vida, antes de dormir y volver a despertar sin recordarlo.

A veces sueño...
Que vivo despierto y muero soñando.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Lector imposible (Caro Diario)


Querido lector imposible, hoy quiero contarte que por fin soy feliz. Por fin puedo describir mi interior, aquí, en la intimidad de estas páginas, donde dibujaré mi yo, mi día a día para ti, y también para mi.

Como espectador y, a veces, como un simple actor de reparto en mi propia vida, mi ánimo me permite, al fin, iniciar esta nueva etapa de libertad. Mi alma necesita contar historias de un ayer, siempre encadenadas a un hoy y pendientes de un mañana. Son relatos desde lo más profundo de mí, sucesos de un pasado que siempre han acabado en un camino sin salida, sucesos relatados desde un lugar desde donde, por fin, consigo desahogarme hoy ya sin pudor y volar por este hermoso y vacío valle de páginas.

Ilusionado me desnudo ante él, expulsando todo aquello que me carcome por dentro, vomitando todo lo que me sucede y ata a este mundo, ilusionado ante este cruel ejercicio de liberación.

Querido lector imposible, hoy ya me siento bien para escribirte sin tapujos y confesarte que desde ahora soy otro, que puedo decirte lo que siento sin miedo, sabiendo que no seré juzgado. No temas, no espero respuesta, no busco confesor, sólo quiero tener un lugar donde pueda describirme tal como soy, como sólo yo sé que soy.

Hoy soy feliz, querido lector imposible, por fin tengo la libertad que desde niño no sentía, por fin noto cómo vaciando mi alma estoy consiguiendo llenar mi espíritu, mi ánimo y mis fuerzas para poder seguir caminando por esta oscura y dura vida.

Tanto tiempo buscando entre la oscuridad sin ver amanecer, sin encontrar una salida, sin conseguir renacer. Tanto tiempo sin darme cuenta que la solución estaba aquí, en estas páginas en blanco.

Por fin hoy, querido lector imposible, voy a ser libre. Por fin hoy he conseguido ser feliz.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El Ángel de la Muerte


El Ángel de la Muerte (detalle)
Émile Jean-Horace Vernet (1851)

Sin pautas ni rutinas, sus costumbres, regidas por algún sistemático e inconcebible desorden, consiguieron fascinarme de tal forma que acabaron hundiéndome en el mismo abismo en el que él ya estaba inmerso. Completamente desorientado, los primeros días fueron los más duros. Ya desde entonces acabé envuelto en una espiral de sucesos sin orden y lógica aparente, por primera vez me sentí navegando sin rumbo y preso de un extraño pánico, un miedo que por poco me obliga a abandonar mi único sino, el suyo. Fue la curiosidad hacia ese extraño ser lo que me impidió volver atrás y abandonar lo iniciado, el terror me ayudó a seguir.

El encargo era simple y directo, sólo unas fotos y mucho dinero. Esta vez no habían plazos de tiempo, ni contactos, ni extrañas entrevistas con intermediarios. Esta vez sobraban las palabras, sólo se requerían los hechos. Las fotografías parecían ser de la misma persona, un hombre de una edad entre los 35 y los 55 años, de complexión fuerte y muy alto, de rostro muy delgado y algo ojeroso. Tras una de ellas habían anotado a mano su nombre y una dirección.

Aunque con poco material de inicio, pude estar varias horas observando esos rostros, estudiando y analizando su personalidad, o lo poco que veía de ella. Fue entonces cuando supe que me enfrentaba a un ser especial, a un hombre que acabaría con mi vida. Entonces me convertí en su sombra, la sombra de un ser que cada día era otro distinto, de un ser que iba absorbiendo mi vida poco a poco.

No sé cómo llegué a sucumbir ante él, quizás fue en mi primer descuido, o desde el momento en que lo vi en aquellas borrosas fotos. El día que escogí fue también el mismo que escogió él, éramos un mismo ser, un solo ser con un mismo fin para los dos. Sólo por eso ya valió la pena. No recuerdo cuándo sucedió, sólo supe que ese era el momento. Era de noche y llovía. Empapados caminamos hacia las afueras de la ciudad. Antes de desaparecer se dio la vuelta y me miró fijamente a los ojos. Entonces lo entendí todo. Desapareció en la oscuridad de aquel grandioso puente. Yo le seguí minutos después.




lunes, 14 de octubre de 2013

Confidencias

El Beso (Rodin)

"Te noto ausente", susurra mientras me rodea con sus brazos y junta su ardiente cuerpo con el mío abrazando mi espalda, me estremezco de placer, soy feliz.
"He dejado de ser yo", sus largos dedos acarician suavemente mi rostro, mi cuello y mi pecho, es cierto, últimamente me comporto como un extraño.
"¿Por qué?", no puedo contestar, el suave y cálido compás de su respiración me tiene hipnotizado, no consigo encontrar las palabras que lleguen a definir mi estado de ánimo.
"Háblame, dime...", su pie acaricia mi pierna, mi tobillo, mi excitación me impide hablar, el momento me enmudece cada vez más, tanto que casi me impide respirar, tanto que consigue hacerme llorar. "Estoy bien, no te preocupes", apenas oigo mi voz, surge de lo más profundo de mi garganta.
"Tranquilo", me besa la mejilla, bebe mis lágrimas, besa mis labios.
"Me siento solo", las palabras han salido sin querer de lo más profundo de mí, de lo mas recóndito de mi interior.
"Me tienes a mí", ella sabe que la soledad vive siempre con nosotros, sabe que no puedo dejar de separar su cuerpo del mío, que su alma vive dentro de la mía.
"He visto el vacío", es difícil explicarlo, es como un inmenso valle nevado donde el cielo también es blanco, donde no hay sombras, ni oscuridad, la nada, mires por donde mires.
"Todos lo hemos visto alguna vez", me miente mientras se sienta sobre mi y nos unimos en un solo ser, muy suavemente volamos lejos, dejamos de vivir, de preocuparnos, renacemos por un momento hasta volver de nuevo a la realidad.
"No me dejes", implora a la vuelta, teme que huya, que deje de ser yo y me convierta en quien ya soy.
"No lo haré", pero no me ha oído, ahora duerme agotada, bañada en sudor, tapo nuestros cuerpos con la sábana, así me encuentro más seguro.
"Ahora soy otro", murmuro antes de dormir, antes de entrar en ese submundo no tan distinto al real, antes de volver de nuevo a ese difícil camino sin retorno de la vida.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Adiós

Esperando la caída del día observé su cabizbaja figura caminando lentamente hacia mi. Mi corazón latía con mucha fuerza, aunque el mar y sus olas me lo ocultaban, y la brisa, y la lluvia.

Al llegar se sentó junto a mi. Su cuerpo rozaba el mío, su perfume embriagaba mis sentidos, su pelo, mecido por el viento, acarició suavemente mi cara. Busqué sus ojos en vano, pero seguía estando solo, sentado junto a nadie y, más allá, el vasto horizonte, allá lejos. 

Aquel día hablamos sin palabras, rozamos nuestras manos, sin mirarnos, llorando, distantes. El amor invadió débilmente nuestra vida con un vacío de ternura, de compresión y miedo. Así, durante un eterno instante. 

Y se fue para siempre. Se alejó despacio mirando al suelo, sin volver la vista atrás, hasta que desapareció a lo lejos. Luego, poco a poco la luz del día se fue apagando hasta anochecer. Aún hoy, desde la oscuridad, sigo esperando la llegada del alba.